El corazón conquistado
Introducción
Corría el año de 1571, mis padres habían tenido que
embarcarse hacia España por cuestiones del trabajo de mi padre, que era
funcionario de la alcaldía mayor de Puebla, por lo tanto me había quedado sólo
con mi abuela en su casa de Tlaxcala. Pues a mi madre el viaje a España le
había parecido muy largo e incómodo para un niño de 7 años como yo, y qué mejor
niñera que su querida suegra para dejarme encargado.
La verdad es que en un inicio hubiera
preferido acompañar a mis padres, así al menos tendría la oportunidad de
conocer un barco por dentro y sentirme marinero, dadas mis aspiraciones a algún
día llegar a ser capitán o almirante, sin embargo, de nada valía lamentarse ni
tener sueños lejanos, mi realidad era la de un niño solitario en una casa de
Tlaxcala donde mi único familiar era mi abuela, Doña Leonor Xicoténcatl de
Villaescutia, de 65 años, que no hacía otra cosa más que sentarse a tejer.
Sucedió que en la tercera noche que me quedé
allí, hubo una gran tormenta, los rayos me impedían conciliar el sueño, y a
decir verdad, me daban miedo, por lo que tampoco estaba tan seguro de querer
quedarme dormido. Cansado de esta situación, me levanté para bajar a la cocina
y platicar con algún miembro de la servidumbre, quienes me caían bastante bien
y contaban muy buenas leyendas.
Con dificultad llegué a la puerta, pues no
veía nada salvo cuando la luz de algún relámpago iluminaba. A mi abuela no le
gustaba que hubiera velas en mi habitación porque me consideraba demasiado pequeño.
Salí de la habitación y ante mí se presentó el largo y oscuro pasillo que
tendría que atravesar para llegar hasta las escaleras. Mi corazón comenzó a
latir aún más de prisa, no puedo describir el espanto que sentí cuando mi mente
comenzó a hacerme jugarretas ocasionando que viera siluetas de distintos
monstruos en la obscuridad, esta situación empeoró cuando a final del pasillo,
escuché el rechinar de una puerta y creí que me saldría al encuentro algún
monstruo.
La luz de una vela comenzó a alumbrar el
pedazo de pasillo frente a la habitación cuya puerta había rechinado momentos
antes, unos pasos hicieron crujir la madera, y justo en el momento en que
estaba más asustado apareció mi abuela para decirme con tono maternal:
-Juan Antonio, mi querido niño, imaginé que estarías
asustado con semejante tormenta, ¿no quieres que te lea una historia?-
-Sí, gracias abuela- accedí.
-Vente, vamos a sentarnos en la sala- me dijo mientras me
guiaba con una mano apoyada suavemente sobre mi hombro, en la otra sostenía un
libro. Al llegar a la sala, nos sentamos en el sillón más cómodo para poner la
vela sobre la mesa que se encontraba en frente, al tiempo que mi abuela
ordenaba a la servidumbre encender los candiles para una mejor iluminación. Mi
abuela tomó el libro y me dijo antes de comenzar a leer:
-Bueno mi niño, ésta es la historia de la princesa
Aquetzalli, cuyo nombre significaba “aguas preciosas”, porque el día en que
nació cayó una intensa lluvia que refrescó los alrededores de Tlaxcala después
de varios meses de duro sol y sequía. Debes de saber que Aquetzalli era hija de
uno de los principales señores tlaxcaltecas, llamado Axayacatzin Xicoténcatl,
pero creció bajo el cuidado de una humilde pareja que servía a este señor en su
palacio, porque su madre murió al nacer ella, y su padre no se sentía preparado
para cuidarla. Ahora tengo en mis manos sus memorias traducidas por ella misma
al español en forma de cartas de relación, que comienzan en la siguiente fecha…
Abrió el libro y empezó la lectura:
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