jueves, 21 de noviembre de 2013

El corazón conquistado

El corazón conquistado

Introducción

Corría el año de 1571, mis padres habían tenido que embarcarse hacia España por cuestiones del trabajo de mi padre, que era funcionario de la alcaldía mayor de Puebla, por lo tanto me había quedado sólo con mi abuela en su casa de Tlaxcala. Pues a mi madre el viaje a España le había parecido muy largo e incómodo para un niño de 7 años como yo, y qué mejor niñera que su querida suegra para dejarme encargado.

La verdad es que en un inicio hubiera preferido acompañar a mis padres, así al menos tendría la oportunidad de conocer un barco por dentro y sentirme marinero, dadas mis aspiraciones a algún día llegar a ser capitán o almirante, sin embargo, de nada valía lamentarse ni tener sueños lejanos, mi realidad era la de un niño solitario en una casa de Tlaxcala donde mi único familiar era mi abuela, Doña Leonor Xicoténcatl de Villaescutia, de 65 años, que no hacía otra cosa más que sentarse a tejer.                                                                       
Sucedió que en la tercera noche que me quedé allí, hubo una gran tormenta, los rayos me impedían conciliar el sueño, y a decir verdad, me daban miedo, por lo que tampoco estaba tan seguro de querer quedarme dormido. Cansado de esta situación, me levanté para bajar a la cocina y platicar con algún miembro de la servidumbre, quienes me caían bastante bien y contaban muy buenas leyendas.                                                                                           

Con dificultad llegué a la puerta, pues no veía nada salvo cuando la luz de algún relámpago iluminaba. A mi abuela no le gustaba que hubiera velas en mi habitación porque me consideraba demasiado pequeño. Salí de la habitación y ante mí se presentó el largo y oscuro pasillo que tendría que atravesar para llegar hasta las escaleras. Mi corazón comenzó a latir aún más de prisa, no puedo describir el espanto que sentí cuando mi mente comenzó a hacerme jugarretas ocasionando que viera siluetas de distintos monstruos en la obscuridad, esta situación empeoró cuando a final del pasillo, escuché el rechinar de una puerta y creí que me saldría al encuentro algún monstruo.

La luz de una vela comenzó a alumbrar el pedazo de pasillo frente a la habitación cuya puerta había rechinado momentos antes, unos pasos hicieron crujir la madera, y justo en el momento en que estaba más asustado apareció mi abuela para decirme con tono maternal:

-Juan Antonio, mi querido niño, imaginé que estarías asustado con semejante tormenta, ¿no quieres que te lea una historia?-

-Sí, gracias abuela- accedí.

-Vente, vamos a sentarnos en la sala- me dijo mientras me guiaba con una mano apoyada suavemente sobre mi hombro, en la otra sostenía un libro. Al llegar a la sala, nos sentamos en el sillón más cómodo para poner la vela sobre la mesa que se encontraba en frente, al tiempo que mi abuela ordenaba a la servidumbre encender los candiles para una mejor iluminación. Mi abuela tomó el libro y me dijo antes de comenzar a leer:

-Bueno mi niño, ésta es la historia de la princesa Aquetzalli, cuyo nombre significaba “aguas preciosas”, porque el día en que nació cayó una intensa lluvia que refrescó los alrededores de Tlaxcala después de varios meses de duro sol y sequía. Debes de saber que Aquetzalli era hija de uno de los principales señores tlaxcaltecas, llamado Axayacatzin Xicoténcatl, pero creció bajo el cuidado de una humilde pareja que servía a este señor en su palacio, porque su madre murió al nacer ella, y su padre no se sentía preparado para cuidarla. Ahora tengo en mis manos sus memorias traducidas por ella misma al español en forma de cartas de relación, que comienzan en la siguiente fecha…

Abrió el libro y empezó la lectura:

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