15 de junio de 1525/ 2 jaguar 3 pedernal
Hoy mientras acomodaba las cosas de la mudanza en nuestra
nueva casa, me he encontrado un libro en blanco, y aprovechando que ya se
escribir del modo español gracias a que mi querido Felipe me ha enseñado, he
decido, después de mucho pensarlo, traducir en él mi propia historia,
conservada en mi memoria hasta ahora. Ya que me pareció el tema sobre el que
mejor podría escribir, porque no soy especialista
en ninguna otra cosa y además sigo impactada de cómo puede cambiar el mundo en
pocos años.
Bueno, comenzando por hacer un recuento de mi
vida, nací en el año 3 conejo 6 casa o del señor de 1506 para los españoles,
como hija del noble señor Axayacatzin Xicoténcatl, quien gobernaba en realidad
el señorío de Tizatlan, pero siempre en nombre de mi abuelo, Xicoténcatl, a quien
por su avanzada edad le era muy difícil. Me cuentan que aquel día vinieron a
conocerme toda la parentela de ambas partes de mi familia y me trajeron toda
clase de regalos, pero mi madre, la legítima esposa de mi padre, murió para
darme la vida, y a él esto le causó una gran tristeza, pues la amaba más de lo
que hubiera podido querer a sus otras mujeres. Mi padre adoptivo, uno de los
señores a su servicio, me cuenta que Axayacatzin Xicoténcatl tuvo problemas
para dirigir a su pueblo por aquellos días. No había nadie que quisiera hacerse
cargo de mí, dada la complicada responsabilidad que representa cuidar de un
recién nacido, hasta que mi madre adoptiva se enteró de la noticia y convenció
a mi padre, quien le ofreció a Axayacatzin cuidarme y educarme como a una noble
dama, que serviría posteriormente en su palacio. El gran príncipe aceptó.
Así, después de la acostumbrada ceremonia en
donde me contaban las hazañas de mis antepasados y se servía un banquete para
la parentela y los amigos de mis padres que habían llegado, me llevaron a vivir
en una casa sencilla del señorío de Tizatlan. Mi madre se encargó de enseñarme
las labores del hogar, los principios religiosos para siempre estar en paz con
nuestro dios Camaxtle, y la organización
de cómo debía ser una casa, para que cuando yo creciera y algún día tuviera la
mía, supiera como dirigirla. También fui a la escuela para aprender las danzas
rituales, pues las mujeres no asistíamos a las mismas escuelas que los varones
porque no nos preparaban para las mismas tareas que desempeñaríamos en la vida
adulta.
Mis padres adoptivos nunca se olvidaron de mi
origen noble, y me enseñaron el modo de hablar propio de una princesa, así como
la manera en que debía comunicarme con Camaxtle y los otros dioses. Lo cual les
agradezco mucho, pues ello me permitió participar en las danzas rituales del
palacio, donde estaba a la vista de mi padre Axayacatzin Xicoténcatl, quien en
una ocasión llegó a comentarme que soy tan buena bailarina como mi madre
natural cuando la conoció.
Cuando era niña, recuerdo que me la pasaba
con mamá todo el día en casa, y cuando mi padre regresaba de su trabajo en las
casas y palacios de los Xicoténcatl, yo salía corriendo a recibirlo con mucha
emoción, pues lo consideraba como mi mejor amigo y me encantaba jugar con él e
ir de paseo, además de que siempre me traía alguna sorpresa, como un juguete
nuevo o un dulce.
En ocasiones lo acompañaba a su trabajo,
entonces me paseaba respetuosamente por los palacios y casas de mi abuelo y mi
padre. Algunas veces, escondida tras una pared o a lo lejos, veía al gran
príncipe Axayacatzin, cuya figura denotaba mucha autoridad, y cuyos ojos eran
del mismo color castaño que los míos, yo sabía que él era mi padre natural, sin
embargo no sentía la misma confianza de acercármele como a mi padre adoptivo, y
en cierto sentido, incluso me ponía nerviosa al dirigirme a él para saludarlo o
despedirme, pues sentía que cada vez que me veía recordaba a mi madre, dado que
me le parecía mucho, y no dejaba de compararme con ella en su interior, o al
menos eso era lo que yo presentía aunque él no me dijera nada, además de que,
después de todo, no había crecido a su lado, y como señor principal debía
respetarlo como un gobernante, como hasta su mismo hijo lo hacía.
Conocía a mi medio hermano, y era mi
compañero de juegos en el palacio, pero me daba cuenta de que él no se dirigía
a su padre como lo hacía yo: en un modo respetuoso pero con la frescura de la
infancia, él por el contrario se dirigía a Axayacatzin Xicoténcatl como gran
señor principal, por lo que a mi parecer, bien podría pasar por uno de sus
súbditos que gozara de especiales privilegios dada su condición de príncipe.
La vida en el palacio estaba llena de
actividades para todo el mundo: mi padre era consejero de los Xicoténcatl y
también salía a recorrer el señorío para cobrar los debidos tributos, las
esposas del señor principal y del gran príncipe se dedicaban a su arreglo
personal, a practicar danzas y, las que tenían hijas, a enseñarles lo mismo que
mamá me enseñaba en casa, mi medio hermano aprendía a comunicarse con los
dioses y tomaba lecciones para cuando le tocara ocupar el lugar de su padre
algún día.
Así transcurrió mi niñez tranquila, y poco a
poco fui pasando a la adolescencia. Con este cambio empecé pensamientos acerca
de mi futuro, sabía que por mi condición de princesa tendría que seguir el
camino de mi madre natural y me tocaría casarme con algún noble. En mi interior
prefería casarme con un hombre sencillo como mi padre adoptivo, para ser única
esposa, pues pensaba, y todavía lo hago, que no podría vivir del todo feliz si
mi marido tuviera otras esposas más, como era costumbre entre los príncipes o
señores, los celos me carcomerían.