jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 1

De cómo era mi vida antes de la llegada de los españoles 


15 de junio de 1525/ 2 jaguar 3 pedernal

Hoy mientras acomodaba las cosas de la mudanza en nuestra nueva casa, me he encontrado un libro en blanco, y aprovechando que ya se escribir del modo español gracias a que mi querido Felipe me ha enseñado, he decido, después de mucho pensarlo, traducir en él mi propia historia, conservada en mi memoria hasta ahora. Ya que me pareció el tema sobre el que mejor podría escribir, porque no soy  especialista en ninguna otra cosa y además sigo impactada de cómo puede cambiar el mundo en pocos años.

Bueno, comenzando por hacer un recuento de mi vida, nací en el año 3 conejo 6 casa o del señor de 1506 para los españoles, como hija del noble señor Axayacatzin Xicoténcatl, quien gobernaba en realidad el señorío de Tizatlan, pero siempre en nombre de mi abuelo, Xicoténcatl, a quien por su avanzada edad le era muy difícil. Me cuentan que aquel día vinieron a conocerme toda la parentela de ambas partes de mi familia y me trajeron toda clase de regalos, pero mi madre, la legítima esposa de mi padre, murió para darme la vida, y a él esto le causó una gran tristeza, pues la amaba más de lo que hubiera podido querer a sus otras mujeres. Mi padre adoptivo, uno de los señores a su servicio, me cuenta que Axayacatzin Xicoténcatl tuvo problemas para dirigir a su pueblo por aquellos días. No había nadie que quisiera hacerse cargo de mí, dada la complicada responsabilidad que representa cuidar de un recién nacido, hasta que mi madre adoptiva se enteró de la noticia y convenció a mi padre, quien le ofreció a Axayacatzin cuidarme y educarme como a una noble dama, que serviría posteriormente en su palacio. El gran príncipe aceptó.

Así, después de la acostumbrada ceremonia en donde me contaban las hazañas de mis antepasados y se servía un banquete para la parentela y los amigos de mis padres que habían llegado, me llevaron a vivir en una casa sencilla del señorío de Tizatlan. Mi madre se encargó de enseñarme las labores del hogar, los principios religiosos para siempre estar en paz con nuestro dios Camaxtle,  y la organización de cómo debía ser una casa, para que cuando yo creciera y algún día tuviera la mía, supiera como dirigirla. También fui a la escuela para aprender las danzas rituales, pues las mujeres no asistíamos a las mismas escuelas que los varones porque no nos preparaban para las mismas tareas que desempeñaríamos en la vida adulta.  

Mis padres adoptivos nunca se olvidaron de mi origen noble, y me enseñaron el modo de hablar propio de una princesa, así como la manera en que debía comunicarme con Camaxtle y los otros dioses. Lo cual les agradezco mucho, pues ello me permitió participar en las danzas rituales del palacio, donde estaba a la vista de mi padre Axayacatzin Xicoténcatl, quien en una ocasión llegó a comentarme que soy tan buena bailarina como mi madre natural cuando la conoció.

Cuando era niña, recuerdo que me la pasaba con mamá todo el día en casa, y cuando mi padre regresaba de su trabajo en las casas y palacios de los Xicoténcatl, yo salía corriendo a recibirlo con mucha emoción, pues lo consideraba como mi mejor amigo y me encantaba jugar con él e ir de paseo, además de que siempre me traía alguna sorpresa, como un juguete nuevo o un dulce.                                                                                                                  

En ocasiones lo acompañaba a su trabajo, entonces me paseaba respetuosamente por los palacios y casas de mi abuelo y mi padre. Algunas veces, escondida tras una pared o a lo lejos, veía al gran príncipe Axayacatzin, cuya figura denotaba mucha autoridad, y cuyos ojos eran del mismo color castaño que los míos, yo sabía que él era mi padre natural, sin embargo no sentía la misma confianza de acercármele como a mi padre adoptivo, y en cierto sentido, incluso me ponía nerviosa al dirigirme a él para saludarlo o despedirme, pues sentía que cada vez que me veía recordaba a mi madre, dado que me le parecía mucho, y no dejaba de compararme con ella en su interior, o al menos eso era lo que yo presentía aunque él no me dijera nada, además de que, después de todo, no había crecido a su lado, y como señor principal debía respetarlo como un gobernante, como hasta su mismo hijo lo hacía.                                                                                                                               
Conocía a mi medio hermano, y era mi compañero de juegos en el palacio, pero me daba cuenta de que él no se dirigía a su padre como lo hacía yo: en un modo respetuoso pero con la frescura de la infancia, él por el contrario se dirigía a Axayacatzin Xicoténcatl como gran señor principal, por lo que a mi parecer, bien podría pasar por uno de sus súbditos que gozara de especiales privilegios dada su condición de príncipe.

La vida en el palacio estaba llena de actividades para todo el mundo: mi padre era consejero de los Xicoténcatl y también salía a recorrer el señorío para cobrar los debidos tributos, las esposas del señor principal y del gran príncipe se dedicaban a su arreglo personal, a practicar danzas y, las que tenían hijas, a enseñarles lo mismo que mamá me enseñaba en casa, mi medio hermano aprendía a comunicarse con los dioses y tomaba lecciones para cuando le tocara ocupar el lugar de su padre algún día.

           
Así transcurrió mi niñez tranquila, y poco a poco fui pasando a la adolescencia. Con este cambio empecé pensamientos acerca de mi futuro, sabía que por mi condición de princesa tendría que seguir el camino de mi madre natural y me tocaría casarme con algún noble. En mi interior prefería casarme con un hombre sencillo como mi padre adoptivo, para ser única esposa, pues pensaba, y todavía lo hago, que no podría vivir del todo feliz si mi marido tuviera otras esposas más, como era costumbre entre los príncipes o señores, los celos me carcomerían.  

El corazón conquistado

El corazón conquistado

Introducción

Corría el año de 1571, mis padres habían tenido que embarcarse hacia España por cuestiones del trabajo de mi padre, que era funcionario de la alcaldía mayor de Puebla, por lo tanto me había quedado sólo con mi abuela en su casa de Tlaxcala. Pues a mi madre el viaje a España le había parecido muy largo e incómodo para un niño de 7 años como yo, y qué mejor niñera que su querida suegra para dejarme encargado.

La verdad es que en un inicio hubiera preferido acompañar a mis padres, así al menos tendría la oportunidad de conocer un barco por dentro y sentirme marinero, dadas mis aspiraciones a algún día llegar a ser capitán o almirante, sin embargo, de nada valía lamentarse ni tener sueños lejanos, mi realidad era la de un niño solitario en una casa de Tlaxcala donde mi único familiar era mi abuela, Doña Leonor Xicoténcatl de Villaescutia, de 65 años, que no hacía otra cosa más que sentarse a tejer.                                                                       
Sucedió que en la tercera noche que me quedé allí, hubo una gran tormenta, los rayos me impedían conciliar el sueño, y a decir verdad, me daban miedo, por lo que tampoco estaba tan seguro de querer quedarme dormido. Cansado de esta situación, me levanté para bajar a la cocina y platicar con algún miembro de la servidumbre, quienes me caían bastante bien y contaban muy buenas leyendas.                                                                                           

Con dificultad llegué a la puerta, pues no veía nada salvo cuando la luz de algún relámpago iluminaba. A mi abuela no le gustaba que hubiera velas en mi habitación porque me consideraba demasiado pequeño. Salí de la habitación y ante mí se presentó el largo y oscuro pasillo que tendría que atravesar para llegar hasta las escaleras. Mi corazón comenzó a latir aún más de prisa, no puedo describir el espanto que sentí cuando mi mente comenzó a hacerme jugarretas ocasionando que viera siluetas de distintos monstruos en la obscuridad, esta situación empeoró cuando a final del pasillo, escuché el rechinar de una puerta y creí que me saldría al encuentro algún monstruo.

La luz de una vela comenzó a alumbrar el pedazo de pasillo frente a la habitación cuya puerta había rechinado momentos antes, unos pasos hicieron crujir la madera, y justo en el momento en que estaba más asustado apareció mi abuela para decirme con tono maternal:

-Juan Antonio, mi querido niño, imaginé que estarías asustado con semejante tormenta, ¿no quieres que te lea una historia?-

-Sí, gracias abuela- accedí.

-Vente, vamos a sentarnos en la sala- me dijo mientras me guiaba con una mano apoyada suavemente sobre mi hombro, en la otra sostenía un libro. Al llegar a la sala, nos sentamos en el sillón más cómodo para poner la vela sobre la mesa que se encontraba en frente, al tiempo que mi abuela ordenaba a la servidumbre encender los candiles para una mejor iluminación. Mi abuela tomó el libro y me dijo antes de comenzar a leer:

-Bueno mi niño, ésta es la historia de la princesa Aquetzalli, cuyo nombre significaba “aguas preciosas”, porque el día en que nació cayó una intensa lluvia que refrescó los alrededores de Tlaxcala después de varios meses de duro sol y sequía. Debes de saber que Aquetzalli era hija de uno de los principales señores tlaxcaltecas, llamado Axayacatzin Xicoténcatl, pero creció bajo el cuidado de una humilde pareja que servía a este señor en su palacio, porque su madre murió al nacer ella, y su padre no se sentía preparado para cuidarla. Ahora tengo en mis manos sus memorias traducidas por ella misma al español en forma de cartas de relación, que comienzan en la siguiente fecha…

Abrió el libro y empezó la lectura: